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Ni siquiera era católico, pero Dios lo llamó al sacerdocio: la historia del padre Jeff Wilborn

Un accidente en motocicleta, una ruptura amorosa... y un llamado de Dios

Por Ryan Bagley 

Cuando pensamos en cómo alguien podría comenzar su camino hacia el catolicismo, suelen venir a la mente algunas situaciones familiares. Puede que se hayan sentido inspirados por amigos que practican la fe, que hayan vivido una experiencia conmovedora durante una visita a una iglesia o incluso que hayan enfrentado un momento que les cambió la vida, como un encuentro cercano con la muerte.

Para el padre Jeff Wilborn, fue una combinación de esas tres cosas lo que lo llevó a la conversión, aunque él mismo reconoce que, antes de sentirse llamado a ser católico, Dios ya lo había llamado a ser sacerdote. 

“Dios me llamó al sacerdocio antes de llamarme a ser católico”, cuenta el padre Jeff, párroco de Our Lady of the Plains en Byers, Colorado. Al recordar ese momento, describe haber recibido ese llamado como “la primera vez que el Señor tocó mi corazón”.

Hijo único y criado en la ciudad de Aurora, el padre Jeff tuvo muy poco contacto con la religión. Asistió brevemente a la escuela dominical en una iglesia no denominacional y una vez hojeó algunas páginas de la enorme biblia familiar, pero esas experiencias no dejaron una huella duradera. 

Sin embargo, el padre tenía un amigo católico. 

“Recuerdo que tenía que esperar para poder jugar con él hasta que regresara de Misa”, compartió. “En retrospectiva, ese testimonio constante fue sin duda una influencia». 

La influencia de ese amigo eventualmente sería aún más significativa, aunque en ese momento el padre Jeff no estaba abierto a nada más allá de una creencia general en la existencia de un Dios.

En sus años de secundaria, soñaba con ingresar a la Academia de la Fuerza Aérea, pero su mala vista lo dejó fuera. 

“Mi vista fue el gran ‘no’ del Señor”, dijo. “Ahora lo veo como un gran regalo”. 

Al terminar la preparatoria, el padre había perdido el interés en seguir estudiando. Dedicaba su tiempo a su novia —con quien vivió durante dos años— y a correr en motocicleta.

Mientras probaba el nuevo detector de radar de su motocicleta, con solo 19 años, vivió un acto inolvidable de Dios. Distraído por el dispositivo, no notó que el coche frente a él se había detenido en un cruce. El padre Jeff chocó contra el vehículo a 40 millas por hora. Salió volando por encima del techo del auto, rozándolo con un hombro, y aterrizó ileso a casi 20 pies delante de él.

Fue un milagro, pensó. Una intervención divina. Pero esa experiencia no despertó todavía una reflexión religiosa más profunda.

“En ese momento no había leído la biblia como adulto, así que no tenía ningun contexto”, explicó. “Solo sabía que Dios lo había hecho. Y volví a mi vida pagana. Dios siempre estaba como al fondo de mi mente. Recuerdo ir en mi motocicleta y tener esa sensación de que Dios existía, pero no era el momento para nada más».

Un año después, Dios volvió a tocar su corazón. 

“Recuerdo que sentía un fuerte deseo de casarme con mi novia”, contó. “Y justo el día que pensaba pedirle matrimonio, ella llegó a casa y me dijo que se iba. Me devastó… pero fue el vacío necesario en mi alma que Dios necesitaba crear para hacerle espacio”.

Poco después de esa ruptura, conoció a otra chica en una fiesta, quien tenía un prometido en la Academia de la Fuerza Aérea.

“Pensé: ‘¡Que bien!, él tiene la vida con la que yo soñaba y yo no puedo tener ninguna de las dos cosas’”, recordó. “Pero esa noche, ella y yo nos quedamos platicando sobre Dios y sobre cómo sería el cielo. Esa conversación me abrió el corazón al Señor”. 

Inspirado por esa conversación inesperada, el padre pidió prestada una Biblia a su amigo católico de la infancia, empezó por el Génesis y pasó el siguiente año leyéndola.

“Recuerdo haber leído sobre un sacerdote, y se me cruzó por la cabeza el pensamiento: ‘¿Y si yo fuera sacerdote?’”, dijo.

Aunque en ese momento se rió (¡ni siquiera era católico y no sabía qué hacía un sacerdote!), la idea se le quedó grabada. Cuando llegó al Nuevo Testamento, todo cobró sentido. 

“Cuando pasé al Nuevo Testamento, fue cuando todo encajó y cobró vida”, dijo el padre Jeff. “Podía imaginar a Jesús y a quién le hablaba”.

El padre Jeff no solo imaginaba al público histórico de Jesús, sino que sentía como si Jesús le hablara directamente a él y le enseñara a orar. La Escritura cobró vida en su imaginación, y la fe comenzó a crecer a partir de ahí.

A medida que su fe crecía, luchaba no con la idea de hacerse católico, sino con el llamado —cada vez más fuerte— al sacerdocio. Sabía muy poco sobre lo que significaba ser sacerdote, pero sí sabía que implicaba una vida de celibato.

«Una noche, me encontré en el estacionamiento de la parroquia Queen of Peace en Aurora”, contó. “Eran como las tres de la mañana… y hasta ese momento, todavía no había entrado a una iglesia católica. Todo lo que sabía sobre el sacerdocio, aparte de ese sentimiento de llamado, era que no podías casarte. ¡Y eso era algo grande! Soy hijo único. Eso significa que no habrá nietos para mis padres. Así que, sintiendo ese peso en mi corazón, especialmente por mi mamá, me senté en ese estacionamiento y se lo solté todo al Señor… Estuve ahí sentado como unos 20 minutos, gritándole a una estatua en el techo”.

Después supo que era una imagen de la Virgen María. 

Tras varias conversaciones con su amigo de la infancia, decidió ir por primera vez a Misa, también en Queen of Peace. Se sintió sobrecogido por la belleza de orar con otros, y quedó profundamente impactado por la Eucaristía. 

“Supe de inmediato que Jesús estaba presente en la Eucaristía”, dijo. “Nadie tuvo que decírmelo”. 

Volvió el siguiente domingo, y el siguiente. Pronto se dio cuenta de que ese era su lugar, y se inscribió en el programa de la Rito de Iniciación Cristiana de Adultos (OCIA) en otoño de 1990. 

Durante este tiempo, el rosario y la adoración eucarística jugaron un papel fundamental en su formación. 

“Literalmente vivía en la capilla de adoración. Iba a las dos de la mañana, incluso con tormentas de nieve. No quería dejar solo a Jesús”, compartió. 

Mientras tanto, el llamado al sacerdocio seguía creciendo. Lo habló con un diácono que colaboraba en el RICA, y este lo animó a hablar con el director de vocaciones de la arquidiócesis una vez que fuera bautizado.

Así que, tras ser bautizado en la Vigilia Pascual de 1991, se reunió con monseñor Tom Fryar, entonces director de vocaciones. Al escuchar su historia, monseñor Fryar redujo el período habitual de espera de tres años para los nuevos católicos a solo uno. 

Durante ese año, el padre Jeff se involucró en distintos ministerios en la parroquia y comenzó su solicitud al seminario. 

“Le conté a todos, menos a mis padres”, recordó. Le costaba encontrar el valor para contarles su deseo de ser sacerdote. Cuando se acercaba la fecha de ingreso al seminario, rezó su primera novena al Sagrado Corazón de Jesús. 

“En el octavo o noveno día de la novena”, dijo, “mi mamá se acercó en la cocina y me dijo: ‘Tu papá y yo creemos que quizá quieres ser sacerdote’. Los tranquilicé explicándoles el proceso de discernimiento en el seminario”. 

Años después, fue ordenado diácono transitorio en Roma por el entonces cardenal Ratzinger el 7 de octubre de 1999, fiesta de Nuestra Señora del Rosario. Fue ordenado sacerdote el 1 de julio del 2000, fiesta del Inmaculado Corazón de María. 

“La Virgen ha estado conmigo todo el camino”, afirmó. “La ordenación fue una gracia increíble. Hubo mucha alegría”. 

En sus 25 años de ministerio sacerdotal, el padre Jeff ha profundizado en su aprecio por el misterio del amor de Dios, “especialmente en el sacrificio de la Misa”, y espera que algún día pueda compartir la alegría de los sacramentos con sus padres.

Anima a quienes estén considerando el catolicismo a que “den ese salto de fe y lo hagan”.

“Mantengan la mente y el corazón abiertos”, dijo. “Hay personas que entran al proceso dudando de ciertos aspectos de la fe, esperando pruebas antes de asentir. Yo traté de entrar como una hoja en blanco. La comprensión más profunda del misterio se va aclarando con el tiempo. Incluso hoy en día, le sigo pidiendo al Señor: ‘Enséñame a orar’. No tengas miedo de lo que no sabes. Simplemente entrégate a lo que tienes delante y confía en que el Señor se encargará del resto”.

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