Por el padre Joe Laramie, SJ
Una joven reza en silencio, de rodillas en un banco de madera dentro de una fresca capilla de piedra. Es una noche como tantas otras. Una brisa fría se cuela por las rendijas de las ventanas de madera. La capilla está en calma, impregnada del dulce aroma a cera y a incienso de las fiestas recientes. Ella pasa las páginas de un pequeño libro de oraciones y levanta la vista hacia el crucifijo sobre el altar principal.
Su vida no es mala. Tiene amigos y familiares que la quieren. A veces sufre estrés y le cuesta dormir, pero puede hablar de ello con algunas personas de confianza. Sabe que la consideran un poco rara: torpe, nerviosa, distinta.
Y, sin embargo, hay algo más. Algo que no ha sabido nombrar nunca. Un anhelo. Un deseo profundo de algo, de alguien. Lo siente en ese momento. La llama roja que arde en la oscuridad capta su mirada. Aquella vela simboliza la presencia real de la Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre de Jesús en el sagrario. La llama parece crecer, volverse más intensa, como un corazón que late silenciosamente en la oscuridad. Ella escucha algo. Al principio es apenas un susurro, pero se vuelve más claro, más insistente. Ve algo. Ve a alguien. Lo ve a él. Jesús le dice: “Mira este corazón”.
Ella ve y es vista. Contempla y es contemplada. Él le dice: “Mira el corazón que tanto ha amado a los hombres”. Ella contempla el corazón que tanto la ha amado —y que tanto nos ha amado a todos.
Durante semanas y meses, sor Margarita María de Alacoque, VHM, tuvo numerosas visiones del Sagrado Corazón de Jesús en la capilla de su convento. El año 2025 marca el 350 aniversario de esas revelaciones en aquella pequeña capilla francesa. En su diario escribió:
“Veía claramente su Corazón, traspasado y sangrante,
y, al mismo tiempo, de él salían llamas y estaba rodeado
de una corona de espinas. Me dijo que contemplara su Corazón,
que tanto había amado a la humanidad.
Luego pareció tomar mi propio corazón y colocarlo dentro del suyo.
En su lugar me devolvió una parte de su Corazón ardiente”.
Las imágenes contemporáneas del Sagrado Corazón tienen su raíz en las revelaciones recibidas por santa Margarita María: la luz, la corona, el fuego de su amor y su corazón traspasado. En ocasiones, Jesús le dio instrucciones concretas: “Honra mi Sagrado Corazón el primer viernes de cada mes. Diles a tus hermanas que hagan lo mismo”. Y también: “Ora ante la Eucaristía una hora el jueves por la noche, la víspera del primer viernes”.
Más tarde, la santa escribió:
“Este Divino Corazón es un abismo de toda bendición,
en el cual los pobres deben sumergir todas sus necesidades.
Es un abismo de gozo donde podemos sumergir nuestras penas,
un abismo de humildad para contrarrestar nuestra necedad,
un abismo de misericordia para los miserables,
un abismo de amor para colmar todas nuestras carencias”.
Cuando compartió sus experiencias con su comunidad, las reacciones fueron diversas: curiosidad y fe, pero también escepticismo y duda. Su superiora no sabía qué pensar. ¿Podía ser verdad? Jesús hablaba a los santos… ¿Era ella una santa? ¿O simplemente una joven confundida? ¿O ambas cosas?
La superiora acudió entonces a un joven sacerdote jesuita recién llegado a la región: el padre Claudio de la Colombière, SJ. Había sido capellán del rey de Inglaterra, pero tras una serie de persecuciones y encarcelamientos, fue desterrado y llegó al pueblo francés enfermo y agotado. Pronto la gente reconoció en él su sabiduría y fidelidad. Quizá él podría ayudar a aquella joven religiosa.
Después de algunas conversaciones, el padre Claudio quedó convencido de que las visiones provenían realmente de Cristo. Coincidían con la fe de la Iglesia, con la Sagrada Escritura y con la Tradición. En esencia, no había nada nuevo: el corazón del mensaje era simple y eterno: “Jesús me ama. Nos ama a todos. Quiere que lo amemos a él y amemos a los demás”.
Sin embargo, en estas apariciones Jesús transmitía ese mensaje de un modo singular y profundo. Pedía a sor Margarita María que difundiera esta devoción.
Como religiosa de clausura, su círculo social era muy limitado: su comunidad, algunas cartas y las visitas ocasionales de familiares y amigos. Más tarde, Jesús le pidió que dijera al padre Claudio que también él predicara este mensaje. Así, él se convirtió en un gran apóstol del Sagrado Corazón —por medio de sus homilías, retiros y escritos— extendiendo la devoción por toda Francia y más allá. En uno de sus diarios, san Claudio escribió:
“Este Corazón sigue siendo el mismo, siempre ardiendo de amor por nosotros,
siempre abierto para derramar gracias y bendiciones,
siempre conmovido por nuestras penas,
siempre deseoso de comunicarnos sus tesoros y de darse a sí mismo,
siempre dispuesto a acogernos, a ser nuestro refugio,
nuestra morada y nuestro cielo ya en esta vida”.
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El padre Joe Laramie, SJ, es el nuevo director del centro de retiros jesuita Sacred Heart, que ofrece fines de semana basados en la espiritualidad de san Ignacio de Loyola, en Sedalia, Colorado. Antes de su llegada al centro, fue predicador nacional del Avivamiento Eucarístico Nacional. Participa en la aplicación Hallow y ha aparecido en EWTN. Enseñó en la preparatoria Regis Jesuit en Aurora del 2005 al 2008.
Esta reflexión es un extracto de su libro Love Him Ever More: A 9-Day Personal Retreat with the Sacred Heart of Jesus (Ámalo cada vez más: Retiro personal de 9 días con el Sagrado Corazón de Jesús), Ave Maria Press, Notre Dame, IN, 2023. Ha sido publicado en El Pueblo Católico con permiso.

