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viernes, enero 30, 2026
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Cuando fallamos al evangelizar…

Por John Clark, National Catholic Register

Hace algunos años, una amiga católica me preguntó si estaría dispuesto a hablar con su novio protestante sobre la fe católica. Ella confiaba en que yo podría ayudarlo a ver la verdad y la belleza de la fe, así que lo invité a tomar una taza de café. No hubo engaño de mi parte: su novio sabía la razón por la que venía. Algunos de sus amigos lo acompañaron, aunque parecían más interesados en jugar videojuegos, poco atentos a la conversación.

El hombre trajo su Biblia y me preguntó si me importaba si la usaba como referencia en nuestra conversación. Lo miré y dije: “¿La Santa Biblia? ¡Bien! ¿Dónde la obtuviste?”.

Después de decirme dónde la compró, le dije algo como: “No. Lo que quiero decir es ¿de dónde la obtuviste?, o sea, ¿quién reunió todos los libros para hacerlos uno solo? ¿Por qué Levítico sí forma parte de la Biblia a diferencia de, por ejemplo, la Odisea?”.

A esto le siguió una conversación sobre la Biblia y sus orígenes. Al no poder desmentir el hecho de que la Iglesia católica reunió los libros de la Biblia, cambió el rumbo del tema. Trató de insistir en que los católicos “adoran a María”. Pero como yo ya había descubierto esta táctica común a lo largo de los años, no iba a seguirle el juego. Dije: “Me encantaría hablar sobre María y la actitud católica hacia María. Pero aún no hemos terminado con el tema de las Escrituras. Primero es lo primero.” Y así, continuamos nuestra discusión sobre el canon de las Escrituras.

Después de admitir que la Iglesia católica reunió el canon de las Escrituras, hablamos de María. Y lo reté a que me explicara qué quiso decir Gabriel al saludar a María con las singulares palabras “llena eres de gracia”. Recuerdo que después hablamos sobre el papado, la infalibilidad y varios otros temas, uno por uno.

Al final de la noche, después de unas tres horas de conversación, sentí que había progresado poco. Aunque había presentado buenos argumentos (o al menos eso pensaba), sentía que no lo había hecho lo suficientemente bien. Semanas después, descubrí que él había rechazado cada uno de mis argumentos. Había fallado.

Excepto por una cosa: uno de sus amigos no católicos había estado escuchando nuestra conversación esa noche. Hoy ese hombre es un católico firme y devoto. Años después descubrí que él considera que haber escuchado esa discusión fue un momento clave en su proceso de conversión.

Más allá del desánimo

Cuento esta historia porque todos los católicos estamos llamados a evangelizar, pero la evangelización puede ser una práctica desalentadora. Los biógrafos de los misioneros a menudo dan la impresión de que convirtieron a todos los que conocieron. Sin duda, santos como Pablo, Patricio y Francisco Javier tuvieron un éxito inmenso. Pero las biografías verdaderas también deberían incluir relatos de sus noches de aparente fracaso. Los santos derraman lágrimas por aquellos que no escuchan.

Por ello, te invito a reflexionar sobre la labor de evangelización de Jesús mismo. Mientras Jesús colgaba de una cruz, el ladrón que decidió no arrepentirse gastó su último respiro para blasfemar. Dios da a cada alma la luz de la gracia para la salvación; sin embargo, algunas personas desperdician la gracia toda su vida.

La evangelización puede ser frustrante, especialmente cuando conduce a la burla de los demás. En respuesta, muchos de nosotros dejamos de intentarlo. Nos decimos que de todos modos nadie nos escucha, así que ¿para qué intentarlo? Y nos damos por vencidos.

Pero como ilustra la historia anterior, algunas personas sí escuchan, aunque pueden no ser las mismas personas con las que estamos hablando directamente. Y quizás algunas personas no escuchen esas palabras durante años, pero las palabras veraces tienden a resonar en el alma humana, incluso si las almas se esfuerzan por silenciarlas.

Dado que se trata de la salvación de las almas (incluyendo la nuestra), no debemos dudar en evangelizar. Más bien, debemos tener esperanza y entusiasmo. Si te falta entusiasmo, puede ayudarte imaginar que los eventos de los Evangelios no sucedieron hace 2000 años, sino hace muy poco tiempo. Porque, en el contexto más amplio de las cosas, esa es la realidad. Evangelicemos con esto en mente.

La evangelización es el proceso de compartir la buena nueva del evangelio. Empieza a compartirla. No caigas en el desánimo. Sigue evangelizando. Recuérdales a tus amigos y familiares que Dios los ama. Sigue difundiendo la buena nueva. Y nunca te rindas.

 

Este artículo fue traducido del inglés y se publicó en la edición de la revista de El Pueblo Católico titulada «Evangeliza como solo tú puedes hacerlo». Lee todos los artículos o la edición digital de la revista AQUÍ. Para suscribirte a la revista, haz clic AQUÍ.

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